| Escrito por Ecclesia Digital | |
| lunes, 18 de abril de 2011 | |
Nota del Arzobispado de Barcelona A raíz de unas manifestaciones públicas de Mn. Manuel Pousa i Engroñat contenidas en un libro sobre su persona, el Sr. Cardenal Arzobispo, Dr. Lluís Martínez Sistach, el 16 de marzo de 2011 designó como delegado episcopal al Rvdo. Mn. Xavier Bastida Canal, vicario judicial emérito del Arzobispado, y a dos asesores, el Rvdo. Mn. Joan Benito Tolsau, vicario judicial del Arzobispado, y el Rvdo. Mn. Ramon Batlle Tomás, miembro del Tribunal Eclesiástico del Arzobispado, para realizar un procedimiento administrativo establecido por el canon 1341 del Código de Derecho Canónico. Dado que estos miembros han concluido con la debida certeza que, a tenor del canon 1329, dicho sacerdote no ha incurrido en la censura de excomunión latae sententiae establecida por el canon 1398, por no haber concurrido en la intención del delito y por no haber tenido complicidad principal en los abortos ya totalmente decididos y llevados a cabo por dos chicas en situación económica muy precaria. De acuerdo con las conclusiones de este procedimiento administrativo, y dado el escrito del secretario de la Congregación para la Doctrina de la Fe, de 15 de octubre de 2009, en el que decía que “este Dicasterio, después de haber examinado las respuestas transmitidas, considera que el Rvdo. Pousa no parece haber incurrido en ninguna pena canónica”, el Sr. Cardenal ha comunicado al citado sacerdote que no ha incurrido en esa censura latae sententiae, y reitera a Mn. Pousa que el trabajo que hace al servicio de los más pobres y marginados de la sociedad lo realice siempre de acuerdo con la enseñanza de la Iglesia, con su doctrina social y respetando toda vida humana desde su concepción hasta la muerte natural. |
lunes, 18 de abril de 2011
Mn. Manel
Misa Crismal
Se trata de una celebración relacionada directamente con el Jueves Santo, pero que por razones prácticas -la posiblidad de que participen en ella todos cuantos más sacerdotes diocesanos posible, por su peculiar relación con la comunión del presbiterio diocesano- suele celebrarse en los días anteriores de la Semana Santa. Es la misa de la renovación de las promesas sacerdotales y de la bendición de los oleos sagrados que al termino de la misa los párrocos recojen para llevar a las parroquias, desde donde administrarlos para la recepción de los sacramentos del bautismo, la confirmación y la unión de los enfermos.
La Misa Crismal que celebra el obispo con todos los presbíteros de la diócesis, es una de las principales manifestaciones de la plenitud sacerdotal del Obispo y como signo de la unión estrecha de los presbíteros con él. En ella se consagra el Santo Crisma y se bendicen los óleos de los catecúmenos y de los enfermos.
El Santo Crisma, es decir el óleo perfumado que representa al mismo Espíritu Santo, nos es dado junto con sus carismas el día de nuestro bautizo y de nuestra confirmación y en la ordenación de los diáconos, sacerdotes y obispos.
La palabra crisma proviene de latín: chrisma, que significa unción. Así se llama ahora al aceite y bálsamo mezclados que el obispo consagra este Jueves Santo por la mañana para ungir a los nuevos bautizados y signar a los confirmados. También son ungidos los Obispos y los sacerdotes en el día de su ordenación sacramental.
La liturgia cristiana ha aceptado el uso del Antiguo Testamento, en el que eran ungidos con el óleo de la consagración, los reyes, sacerdotes y profetas, ya que ellos prefiguraban a Cristo, cuyo nombre significa "el ungido del Señor". El crisma se hace con aceite y aromas o materia olorosa para significar "el buen olor de Cristo" que deben despedir los bautizados.
Con el óleo de los catecúmenos se extiende el efecto de los exorcismos, pues los bautizados se vigorizan, reciben la fuerza divina del Espíritu Santo, para que puedan renunciar al mal, antes de que renazcan de la fuente de la vida en el bautizo. Este aceite es un jugo untuoso de color verde amarillento que se extrae del olivo o de otras plantas.
El óleo de los enfermos, cuyo uso atestigua el apóstol Santiago, remedia las dolencias de alma y cuerpo de los enfermos, para que puedan soportar y vencer con fortaleza el mal y conseguir el perdón de los pecados. El aceite simboliza el vigor y la fuerza del Espíritu Santo. Con este óleo el Espíritu Santo vivifica y transforma nuestra enfermedad y nuestra muerte en sacrificio salvador como el de Jesús.
Por lo general antes de comenzar la celebración de la Cena del Señor se reciben solemnemente estos Santo Óleos consagrados en la Misa Crismal celebrada en la mañana por el Obispo reunido con el presbiterio. En una procesión solemne los óleos son llevados en tres ánforas preciosas que se guardan en un lugar previamente destinado dentro de la Iglesia.
La Misa Crismal que celebra el obispo con todos los presbíteros de la diócesis, es una de las principales manifestaciones de la plenitud sacerdotal del Obispo y como signo de la unión estrecha de los presbíteros con él. En ella se consagra el Santo Crisma y se bendicen los óleos de los catecúmenos y de los enfermos.
El Santo Crisma, es decir el óleo perfumado que representa al mismo Espíritu Santo, nos es dado junto con sus carismas el día de nuestro bautizo y de nuestra confirmación y en la ordenación de los diáconos, sacerdotes y obispos.
La palabra crisma proviene de latín: chrisma, que significa unción. Así se llama ahora al aceite y bálsamo mezclados que el obispo consagra este Jueves Santo por la mañana para ungir a los nuevos bautizados y signar a los confirmados. También son ungidos los Obispos y los sacerdotes en el día de su ordenación sacramental.
La liturgia cristiana ha aceptado el uso del Antiguo Testamento, en el que eran ungidos con el óleo de la consagración, los reyes, sacerdotes y profetas, ya que ellos prefiguraban a Cristo, cuyo nombre significa "el ungido del Señor". El crisma se hace con aceite y aromas o materia olorosa para significar "el buen olor de Cristo" que deben despedir los bautizados.
Con el óleo de los catecúmenos se extiende el efecto de los exorcismos, pues los bautizados se vigorizan, reciben la fuerza divina del Espíritu Santo, para que puedan renunciar al mal, antes de que renazcan de la fuente de la vida en el bautizo. Este aceite es un jugo untuoso de color verde amarillento que se extrae del olivo o de otras plantas.
El óleo de los enfermos, cuyo uso atestigua el apóstol Santiago, remedia las dolencias de alma y cuerpo de los enfermos, para que puedan soportar y vencer con fortaleza el mal y conseguir el perdón de los pecados. El aceite simboliza el vigor y la fuerza del Espíritu Santo. Con este óleo el Espíritu Santo vivifica y transforma nuestra enfermedad y nuestra muerte en sacrificio salvador como el de Jesús.
Por lo general antes de comenzar la celebración de la Cena del Señor se reciben solemnemente estos Santo Óleos consagrados en la Misa Crismal celebrada en la mañana por el Obispo reunido con el presbiterio. En una procesión solemne los óleos son llevados en tres ánforas preciosas que se guardan en un lugar previamente destinado dentro de la Iglesia.
Refugio
De refugio en refugio: unas horas en la Buhardilla
Etiquetas: Guerra civil, SacerdocioEn el piso de Sagasta vivía el Padre muy aislado, sin otra compañía que la de Juan, pues Manolo imponía a los huéspedes su decisión de mantener a toda costa el incógnito, y no recibir visitas. Un día, suspendiendo tan excesiva reserva, Manolo les presentó a dos refugiados del piso de abajo, pero sin revelar a éstos el carácter sacerdotal de don Josemaría. Aunque no fue necesario que lo hiciese. Vista la familiaridad con que don Josemaría trataba los temas religiosos, le identificaron prontamente, que es lo que el sacerdote pretendía, por si necesitaban de su ministerio. Uno de ellos —Pedro Mª Rivas, abogado madrileño entonces, y más tarde, religioso— refiere que «se le veía en aquellos días de la guerra con gran paciencia y mucha paz de espíritu».
El 28 de agosto Manolo trajo a casa un primo suyo, llamado Juan Manuel. El domingo, día 30, le pusieron, por la mañana, al corriente de las precauciones tomadas en caso de registro. Hicieron un ensayo, sin prever cuán oportuno resultaría. Pocas horas más tarde, cuando estaba Manolo fuera de casa y Martina preparando la comida, se oyeron grandes voces por la escalera, y a poco sonó el timbre. Se retiraron cautelosamente los tres —el Padre, Juan y Juan Manuel— hacia la escalera de servicio mientras Martina, con calma, se dirigía a la puerta. Los milicianos intentaban entrar diciendo que iban a hacer un registro, y Martina los retenía gritando, muy en su papel de sorda: — «Aquí no hay nadie. Soy sorda. No oigo nada».
Buhardilla donde estuvo san Josemaría unas horas en agosto de 1936
Por la escalera de servicio subieron los tres a las buhardillas y entraron en la primera que hallaron abierta. Aquello era un espacio reducido que hacía de desván y carbonera. Andaban agachados porque la altura no daba para tenerse de pie. A primeras horas de la tarde el calor se hacía asfixiante. Sentados entre polvo, telarañas y carbonilla, se mantenían inmóviles en espera del desenlace. Cualquier ruido podía delatarles y, si eran descubiertos, lo más probable era que los fusilasen. Varias horas llevaban de espera, cuando oyeron que estaban ya registrando en el piso inmediatamente debajo de la buhardilla. El Padre, en la duda de si Juan Manuel, que llevaba escasamente dos días con ellos, se había enterado o no de que era un sacerdote, le dijo: — Soy sacerdote. Y luego, dirigiéndose a ambos, a Juan y a Juan Manuel: — Estamos en momentos difíciles, si queréis, haced un acto de contrición y yo os doy la absolución.
Recibió Juan Manuel la absolución. Instante que dominó todos sus recuerdos de aquella época: — «No he podido olvidar mi encuentro con don Josemaría —confiesa—, ya que todos pensamos que eran los últimos momentos de nuestra vida [...]. Supuso mucha valentía decirme que era sacerdote ya que yo podía haberle traicionado y, en caso de que hubieran entrado, podía haber intentado salvar mi vida, delatándolo».
Apenas recibida la absolución, preguntaba Juan al Padre:
—Y si nos cogen, ¿qué ocurrirá?
—Pues, hijo mío, que nos vamos derechos al Cielo.
(Aquí, en sus memorias, hace Juan una importante digresión sobre la imprecisa cualidad de su miedo, aclarando que no era, específicamente, el temor a ser fusilado, sino que experimentaba una sensación incierta, que no le robaba la paz. «Con el Padre allí estaba seguro de que no había nada que temer, y para contribuir al ambiente de seguridad —nos explica— a las tres de la tarde me dormí un rato»).
Les ofrecieron unas camisas del conde, que estaba en la cárcel, mientras les lavaban las suyas. Generosamente les invitaron a quedarse en el piso, pues era de esperar que por un tiempo no hubiera nuevos registros. Se equivocaron. Al día siguiente, a las ocho de la mañana, ya estaban de nuevo los milicianos sobre la pista, continuando meticulosamente el suspendido registro de la víspera. Entraron en el piso de al lado, el cuarto derecha, y en el de abajo. «A ratos —cuenta Mercedes, hija del conde de Leyva— pasábamos un miedo horroroso, pero el Padre —de todas formas— conservaba el buen humor, haciéndonos reír muchísimo, aunque pensaba mucho en los suyos». En una de esas ocasiones de peligro la condesa propuso rezar el Rosario. Rápidamente intervino el Padre: Lo llevaré yo, que soy sacerdote. En vista de la persistencia en los registros de aquella zona, se vieron obligados a cambiar de refugio.
Del Libro El Fundador del Opus Dei, tomo II, Madrid, 1999, cap. IX, 2
sábado, 16 de abril de 2011
Domingo de Ramos
El Domingo de Ramos abre solemnemente la Semana Santa, con el recuerdo de las Palmas y de la pasión, de la entrada de Jesús en Jerusalén y la liturgia de la palabra que evoca la Pasión del Señor en el Evangelio de San Marcos.
En este día, se entrecruzan las dos tradiciones litúrgicas que han dado origen a esta celebración: la alegre, multitudinaria, festiva liturgia de la iglesia madre de la ciudad santa, que se convierte en mimesis, imitación de los que Jesús hizo en Jerusalén, y la austera memoria - anamnesis - de la pasión que marcaba la liturgia de Roma. Liturgia de Jerusalén y de Roma, juntas en nuestra celebración. Con una evocación que no puede dejar de ser actualizada.
Vamos con el pensamiento a Jerusalén, subimos al Monte de los olivos para recalar en la capilla de Betfagé, que nos recuerda el gesto de Jesús, gesto profético, que entra como Rey pacífico, Mesías aclamado primero y condenado después, para cumplir en todo las profecías. .
Por un momento la gente revivió la esperanza de tener ya consigo, de forma abierta y sin subterfugios aquel que venía en el nombre del Señor. Al menos así lo entendieron los más sencillos, los discípulos y gente que acompañó a Jesús, como un Rey.
San Lucas no habla de olivos ni palmas, sino de gente que iba alfombrando el camino con sus vestidos, como se recibe a un Rey, gente que gritaba: "Bendito el que viene como Rey en nombre del Señor. Paz en el cielo y gloria en lo alto".
Palabras con una extraña evocación de las mismas que anunciaron el nacimiento del Señor en Belén a los más humildes. Jerusalén, desde el siglo IV, en el esplendor de su vida litúrgica celebraba este momento con una procesión multitudinaria. Y la cosa gustó tanto a los peregrinos que occidente dejó plasmada en esta procesión de ramos una de las más bellas celebraciones de la Semana Santa.
Con la liturgia de Roma, por otro lado, entramos en la Pasión y anticipamos la proclamación del misterio, con un gran contraste entre el camino triunfante del Cristo del Domingo de Ramos y el Viacrucis de los días santos.
Sin embargo, son las últimas palabras de Jesús en el madero la nueva semilla que debe empujar el remo evangelizador de la Iglesia en el mundo.
"Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu". Este es el evangelio, esta la nueva noticia, el contenido de la nueva evangelización. Desde una paradoja este mundo que parece tan autónomo, necesita que se le anuncie el misterio de la debilidad de nuestro Dios en la que se demuestra el culmen de su amor. Como lo anunciaron los primeros cristianos con estas narraciones largas y detallistas de la pasión de Jesús.
Era el anuncio del amor de un Dios que baja con nosotros hasta el abismo de lo que no tiene sentido, del pecado y de la muerte, del absurdo grito de Jesús en su abandono y en su confianza extrema. Era un anuncio al mundo pagano tanto más realista cuanto con él se podía medir la fuerza de la Resurrección.
La liturgia de las palmas anticipa en este domingo, llamado pascua florida, el triunfo de la resurrección; mientras que la lectura de la Pasión nos invita a entrar conscientemente en la Semana Santa de la Pasión gloriosa y amorosa de Cristo el Señor.
viernes, 15 de abril de 2011
Una sociedad enferma
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Felicidades, Santo Padre Benedicto XVI: 84 años de edad, seis años de Papa
jueves, 14 de abril de 2011
Amores imposibles
Adaptarse a los cambios
By admin | abril 13, 2011
Cuando las cosas empiezan a cambiar, hay veces que es muy difícil adaptarse. Mucha gente tiene pánico a los cambios porque están acostumbrados a cómo su vida era hasta ahora. Los cambios les producen desorden y ansiedad y esa actitud es la que provoca que muchas veces esos cambios sean a peor. Todo cambio que hagamos en nuestra vida depende de la actitud que tengamos para enfrentarnos a él y aceptarlo por lo que es y por lo que supone.
Seguro que tienes multitud de razones por las que podrías cambiar cosas de tu vida. Quizá la empresa para la que trabajas tiene que cerrar y debes buscar otro trabajo o te destinan a otra ciudad y debes mudarte. Es normal que tengas miedo, que tengas dudas por cómo va a desarrollarse todo, si tendrás facilidades en el nuevo trabajo, si te respetarán tus compañeros o subordinados, etc. Los cambios se pueden originar tanto en tu vida privada como en tu trabajo, pero, sea lo que sea, depende mucho de tí el que las cosas salgan bien.
La clave para enfrentarte a los cambios y que los resultados sean satisfactorios para tí es hacer la transición de una forma suave para adaptarte poco a poco de cómo eran las cosas antes a cómo son ahora. Esto no es siempre fácil de hacer, sobre todo cuando los cambios son grandes, pero convéncete de que las cosas saldrán bien al final y que tienes gente que puede ayudarte a que esos cambios sean lo menos bruscos posible. Y aunque el cambio sea a peor, haz lo posible para que se vaya desarrollando poco a poco y así seas capaz de enfrentarte a él y cambiarlo, también poco a poco, a mejor.
Hay muchas veces que un cambio es lo mejor que puede pasarte en la vida. A veces es eso lo que necesitas para romper con una pareja con la que no te sientes bien o salir de un trabajo en el que no se te valora. Permitiendo cambios en tu vida eres capaz de ver dónde estás ahora y dónde quieres llegar para así esforzarte en conseguir tus metas. Hay personas que son incapaces de iniciar un cambio si no se lo imponen, incluso personas externas, por lo que se conforman con lo que tienen, bueno o malo, por miedo o apatía. Si te encuentras en una situación así, no tengas miedo a cambiar.
En muchas ocasiones, el cambio es inevitable, por mucho que te esfuerces en evitar que llegue. Lo mejor que puedes hacer entonces es adoptar una actitud positiva para lo que venga y así estar preparado/a para aceptarlo y cambiarlo en la medida que puedas.Estando abierto/a a los cambios estarás también abierto/a a llevar una vida mejor.
Fuente: Lexur-Lukor
Leopoldo Abadia
| Posted: 13 Apr 2011 01:05 PM PDT Leopoldo Abadía (La herencia que dejamos….). Leopoldo Abadía (Zaragoza, 1933), profesor y escritor español conocido por su análisis de la crisis económica actual Leopoldo Abadía (autor de ” La crisis Ninja “) dice en su artículo: Me escribe un amigo diciendo que está muy preocupado por el futuro de sus nietos. Que no sabe qué hacer: si dejarles herencia para que estudien o gastarse el dinero con su mujer y que “Dios les coja confesados”. Lo de que Dios les coja confesados es un buen deseo, pero me parece que no tiene que ver con su preocupación. En muchas de mis conferencias, se levantaba una señora (esto es pregunta de señoras) y decía esa frase que me a mí me hace tanta gracia: “qué mundo les vamos a dejar a nuestros hijos?” Ahora, como me ven mayor y ven que mis hijos ya están crecidos y que se manejan bien por el mundo, me suelen decir “qué mundo les vamos a dejar a nuestros nietos?” Yo suelo tener una contestación, de la que cada vez estoy más convencido: “y a mí, qué me importa?!” Quizá suena un poco mal, pero es que, realmente, me importa muy poco. Yo era hijo único. Ahora, cuando me reuno con los otros 64 miembros de mi familia directa, pienso lo que dirían mis padres, si me vieran, porque de 1 a 65 hay mucha gente. Por lo menos, 64. Mis padres fueron un modelo para mí. Se preocuparon mucho por mis cosas, me animaron a estudiar fuera de casa (cosa fundamental, de la que hablaré otro día, que te ayuda a quitarte la boina y a descubrir que hay otros mundos fuera de tu pueblo, de tu calle y de tu piso), se volcaron para que fuera feliz. Y me exigieron mucho. Pero qué mundo me dejaron? Pues mirad, me dejaron: 1. La guerra civil española 2. La segunda guerra mundial 3. Las dos bombas atómicas 4. Corea 5. Vietnam 6. Los Balcanes 7. Afganistán 8. Irak 9. Internet 10. La globalización Y no sigo, porque ésta es la lista que me ha salido de un tirón, sin pensar. Si pienso un poco, escribo un libro. Vosotros creéis que mis padres pensaban en el mundo que me iban a dejar? Si no se lo podían imaginar! Lo que sí hicieron fue algo que nunca les agradeceré bastante: intentar darme una muy buena formación. Si no la adquirí, fue culpa mía. Eso es lo que yo quiero dejar a mis hijos, porque si me pongo a pensar en lo que va a pasar en el futuro, me entrará la depre y además, no servirá para nada, porque no les ayudaré en lo más mínimo. A mí me gustaría que mis hijos y los hijos de ese señor que me ha escrito y los tuyos y los de los demás, fuesen gente responsable, sana, de mirada limpia, honrados, no murmuradores, sinceros, leales. Lo que por ahí se llama “buena gente”. Porque si son buena gente harán un mundo bueno. Por tanto, menos preocuparse por los hijos y más darles una buena formación: que sepan distinguir el bien del mal, que no digan que todo vale, que piensen en los demás, que sean generosos. . . . En estos puntos suspensivos podéis poner todas las cosas buenas que se os ocurran. Al acabar una conferencia la semana pasada, se me acercó una señora joven con dos hijos pequeños. Como también aquel día me habían preguntado lo del mundo que les vamos a dejar a nuestros hijos, ella me dijo que le preocupaba mucho qué hijos íbamos a dejar a este mundo. A la señora joven le sobraba sabiduría, y me hizo pensar. Y volví a darme cuenta de la importancia de los padres. Porque es fácil eso de pensar en el mundo, en el futuro, en lo mal que está todo, pero mientras los padres no se den cuenta de que los hijos son cosa suya y de que si salen bien, la responsabilidad es un 97% suya y si salen mal, también, no arreglaremos las cosas. Y el Gobierno y las Autonomías se agotarán haciendo Planes de Educación, quitando la asignatura de Filosofía y volviéndola a poner, añadiendo la asignatura de Historia de mi pueblo (por aquello de pensar en grande) o quitándola, diciendo que hay que saber inglés y todas estas cosas. Pero lo fundamental es lo otro: los padres. Ya sé que todos tienen mucho trabajo, que las cosas ya no son como antes, que el padre y la madre llegan cansados a casa, que mientras llegan, los hijos ven la tele basura, que lo de la libertad es lo que se lleva, que la autoridad de los padres es cosa del siglo pasado. Lo sé todo. TODO. Pero no vaya a ser que como lo sabemos todo, no hagamos NADA. Leopoldo Abadía. P. D . 1. No he hablado de los nietos, porque para eso tienen a sus padres. 2. Yo, con mis nietos, a merendar y a decir tonterías y a reírnos, y a contarles las notas que sacaba su padre cuando era pequeño. 3. Y así, además de divertirme, quizá también ayudo a formarles. |
martes, 12 de abril de 2011
Cristofobia en España
Cristofobia en España
Mientras el agnóstico es indiferente a cualquier expresión religiosa, el ateo es rabiosamente hostil a ellas. En España, aunque hoy se esconda bajo la aparente liberalidad del término «laicista», no es menos agresivo y airado que en otras épocas o lugares. Para el ateo, la religión es, primero, la causa pasada que explica los males de una sociedad, desde el atraso educativo al maltrato doméstico; segundo, la cree un tipo de engaño, individual o social, pero un camelo en cualquier caso, y tercero, el ateo o cristófobo –que vienen a ser lo mismo– considera la religión un freno para las posibilidades reales de un país.
Eso le lleva, primero, a destruir el pasado histórico tradicional religioso; segundo, a eliminar de la educación y la cultura las expresiones religiosas, y tercero, a expulsar al cristianismo de la vida pública. Es lo que se propaga desde determinadas élites progresistas: ubicadas en medios de comunicación, cátedras, rectorados o productoras televisivas, caricaturizan, deforman y criminalizan a la Iglesia, los curas, los creyentes.
Discurso del odio, de la inquina y de la rabia, que tiene su continuación en la calle: ¿hay algo más lógico que asaltar capillas o atacar iglesias si, a fin de cuentas, representan el atraso, la oscuridad y la represión?
Los creyentes tienen una ventaja que no deben desaprovechar: el ateísmo en España, por muy agresivo y poderoso que sea en partidos políticos y medios de comunicación, es una minúscula minoría ante los millones de creyentes practicantes, muchos más que no lo son, y muchísimos más que se identifican con una cultura y una tradición, que siente suya.
Por eso su gran baza en esta ofensiva contra ellos es hacer visible el carácter cristiano de la nación española, el apego a sus costumbres religiosas y su voluntad de seguir siendo como lo han sido sus antepasados durante siglos.
El padre Cándido Pozo
| Escrito por Redactora | |
| domingo, 10 de abril de 2011 | |
Tenía 85 años, fue miembro de la Comisión Teológica Internacional durante 17 años y siempre sobresalió por su ortodoxia y claridad El sábado 9 de abril, en la Málaga, en la comunidad de la Compañía de Jesús en la capital malacitana, falleció Cándido Pozo Sánchez, sacerdote, jesuita, escritor y destacado teólogo. El 3 de diciembre cumplió 85 años. Pertenecía a la Compañía de Jesús desde 1943 y era sacerdote desde 1952. El padre Cándido Pozo nació en Cáceres el 3 de diciembre de 1925. Estaba licenciado en Filosofía y en Teología y obtuvo el doctorado en esta segunda disciplina por la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. Fue autor de numerosos libros, estudios y artículos sobre Teología, con especialidad en Mariología, Teología Fundamental y Escatología. Hablaba varios idiomas. Fue profesor ordinario en la Facultad de Teología de Granada y en el seminario metropolitano de Toledo, así como en Roma en la Gregoriana y en el Teresianum y en la Facultad de Teología de Burgos. Asistió como experto teológico a varias Asambleas del Sínodo de los Obispos. Presidió la Sociedad Mariológica de España de 1995 a 2001. En los últimos años se especuló con la posibilidad de que el Papa lo nombrase cardenal. (ECCLESIA DIGITAL) |
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